Mañana entramos en la recta final de los exámenes. Lunes, miércoles y sábado para Víctor y para mi, y Lunes miércoles y viernes para Rober (si no recuerdo mal, que suficiente tengo con lo mío).
El tema pinta feo la verdad. Excepto la del sábado, que es estructuras (mi amado mundo de la mecánica) las otras dos pintan feas tanto para Victor como para mi. Hoy a la noche tocará chapar…
Pero me lío y al final me salgo del tema! El caso es que estudiando en la biblioteca he estado pensando sobre la puntualidad. En mi caso es algo que normalmente no existe. Y si hablamos de ir a clase… menos. Pero no soy el único. A lo largo del curso demasiadas veces hemos ido Víctor y yo andado para clase, sabiendo que íbamos 10 minutos tarde y nos la ha sudado, no hemos acelerado ni un mínimo.
Pero en ocasiones especiales somos tremendamente puntuales, es más, llegamos a estar en el lugar indicado 45 minutos antes. Para los que no se hayan dado cuenta, esas ocasiones son los días de examen, y el lugar es el aula de examen. Y es que qué importante es la colocación en los exámenes. Da igual que sepas la teoría de puta madre, y te hayas hecho mil problemas (me sobran los dedos de una mano para contar esas), o que no hayas pegado ni golpe y vayas a la brava (faltan átomos de hidrógeno en el sol para contarlas) según que sitios dan seguridad, y por norma general atrás es mejor y en los lados es mejor.
Pues eso, que mañana hay examen a la tarde, y que para las 15:30 ya estaremos allí. Coincidiremos con los míticos y sacaremos algún regalito de los bolsillos…